No me olvides, ¿me oyes?
Posteado en Lost Odyssey, Mil años de sueños en 6:56 p. m. por Squall-¡Hermano!
Oye gritar a alguien a sus espaldas mientras se abre paso entre el gentío del pueblo.
Al principio Kaim, que busca hospedaje para pasar la noche, no se da cuenta de que es a él a quien llaman.
Sin embargo, siguen gritando con insistencia: -¡Hermano mío!¡Hermano!
Qué raro.
La última vez que visitó el pueblo fue hace ochenta años. No puede quedar nadie que lo conozca.
No me olvides, ¿me oyes?
-¡Espera, hermano! ¡No te vayas!
Cada vez se extraña más, pues la voz que lo llama es la de una anciana.
Sin bajar la guardia, se gira poco a poco.Exacto: es una mujer mayor. La viejecita, ataviada con ropa de niña, mira fijamente a Kaim y sonríe emocionada.
-Creo que se ha equivocado -le dice Kaim sin ocultar su fastidio.
-No, de eso nada -dice la anciana sacudiendo la cabeza y ensanchando la sonrisa-. ¡Tú eres mi hermano Kaim!
-¿De qué...
-¿Qué pasa, Kaim, ya no te acuerdas de mí?
-Er... Bueno... Yo...
A Kaim no le acababa de sonar esta mujer. Aunque al final la reconociera, sabe que no conoce a nadie en este pueblo. Se pregunta si no se habrá reencontrado con alguien que conoció algún día en el camino. No, está seguro de que no la conoce y, lo que resulta aún más extraño, ¿Por qué esta mujer que podría ser su abuela lo llama "hermano"?
¡No finjas que no me conoces, Kaim! ¡No seas malo! La viejecita grita tanto que la gente se detiene a mirarlos. No solo porque la anciana esté voceando, claro. En estas calles bulliciosas todo el mundo se ve obligado a levantar la voz para hacerse oír. Pero no llama la atención solo eso. Los gritos de la viejecita suenan distintos a los de un adulto normal. Más bien recuerdan a los chillidos de una niña vociferando a pleno pulmón.
Los viandantes miran extrañados a la anciana y en seguida se desentienden. Su confusión es comprensible. La viejecita lleva su pelo cano y liso sujeto con un lazo colorido y su vestido tiene el mismo estampado de flores y las mismas mangas holgadas que el de una niña. Muchos de los transeúntes la miran entre compadecidos y apenados. Poco a poco, Kaim lo va entendiendo. Se trata simplemente de que esta mujer está demasiado
mayor. Por eso el pasado, encerrado en su memoria, se ha vuelto más auténtico para ella que la propia realidad. Un hombre de mediana edad que pasa junto a ellos tira del codo de Kaim.
-Yo en tu lugar no le haría caso. No deje que le líe. Solo le traerá problemas.
-Es verdad -confirma la esposa del hombre al tiempo que asiente con la cabeza-. Como usted no es de aquí, no lo sabe, pero esta mujer está senil. Se olvidará de usted en seguida.
Puede que tenga razón, pero el caso es que la viejecita sabe su nombre. La niña que vive en su cabeza cree que es su "hermano". Kaim se esfuerza por recordar.
La última vez que estuvo aquí, hace tanto tiempo, apenas se quedó unos días.
No llegó a conocer a mucha gente y ya no puede quedar nadie que se acuerde de él. Al ver que Kaim no se aparta de la anciana, el matrimonio entrometido se ofende.
-Intentas ayudar, ¿y cómo te lo agradecen? -resopla el marido.
-Déjalos, ellos verán -añade la esposa-. Vámonos. -Sin más, siguen por su camino.
La anciana afila la voz al máximo y les grita mientras se alejan airados: -¿No me olviden, ¿me oyen?! Es entonces cuando Kaim se acuerda. La viejecita se pone muy contenta al ver que la ha reconocido.
-¿Me recuerdas ahora? -grita la mujer-. Soy Shushu. Yo... ¡Shushu!
Ahora sí la recuerda; era muy pequeña cuando la conoció en este pueblo hace ochenta años. Entonces apenas levantaba dos palmos del suelo. Era una niña muy espabilada, cuya falta de timidez con los extraños se debía a que era la hija del posadero.
Debió de hacerle gracia una expresión que oyó decir a alguien, de modo que siempre que un huésped se marchaba después de haber pasado algunos días en la posada, en lugar de despedirlo con el típico "adiós" o "muchas gracias", le sonreía y le decía con jovialidad: "no me olvides, ¿me oyes?".
Sin embargo, cuando por fin distingue a la niña que se esconde bajo la maraña de arrugas, Kaim aparta la mirada del rostro de la anciana.
-¿Qué pasa, hermano? Kaim no soporta la mirada vacía de Shushu.
¡Han pasado ochenta años! ¿De qué pueden hablar un hombre que no envejece nunca y una anciana senil a la que conoció de niña? -Déjenme pasar, por favor. Lo siento, déjenme pasar, por favor. -Un joven se abre paso entre la gente en dirección a donde está Shushu y Kaim. -¡Bisabuela! ¿Cuántas veces te tengo que decir que no salgas sin avisarme? -
Tras regañar a la anciana, mira a Kaim y agacha la cabeza a modo de disculpa.
-Lamento si le ha molestado. Está mayor y se le va la cabeza. Le ruego que la perdone. Sin embargo Shushu frunce los labios y exclama:
-¿Qué estás diciendo? Solo estoy hablando con mi hermano Kaim. ¿Qué tiene de malo? Clava los ojos en el joven y pregunta:
-¿Quién eres tú? El muchacho mira a Kaim con ojos tristes y comienza a disculparse de nuevo. Kaim esboza una sonrisa afligida y lo interrumpe. Sabe que a veces es más triste y doloroso cuando una vida se alarga que cuando es demasiado corta. Aun así, por dramática que sea la vida de una persona, nadie tiene derecho a pisotearla.
-No comprende que es una anciana. Si le pongo un espejo delante, pregunta: "¿quién es esta viejecita?"
El muchacho, que se llama Hosee, le explica la situación: -Puede no acordarse de lo que ha desayunado, y sin embargo conserva recuerdos muy vivos de su infancia. Kaim asiente con la cabeza. Hosee y Kaim se sientan en un banco de la plaza del pueblo y miran cómo Shushu recoge flores. Está confeccionando una guirnalda para su hermano, al que hace tanto tiempo que no ve.
Pero, en serio, señor, ¿no le estamos entreteniendo? ¿No tenía prisa? -No, no pasa nada, no te preocupes. -Muchas gracias.
Sonríe por primera vez y afirma que hacía varios años que no la veía tan contenta. El joven está convencido de que su bisabuela cree que Kaim se parece a alguien que conoció de pequeña. Kaim lo prefiere así. Sabe que Hosee ni se imagina que está hablando con alguien que nunca envejece, ni tiene por qué saberlo.
-Su salud ha empeorado mucho últimamente. Cada vez que tiene fiebre, nos preguntamos si habrá llegado su hora y nos preparamos para lo peor. Pero luego se recupera como si nada. A veces bromeamos diciendo que se le va tanto la cabeza que se le olvida morir. Kaim mira al chico, que mantiene la vista al frente. Hosee sonríe con cariño mientras habla de su bisabuela. No cabe duda de que de pequeño ella lo abrazaba y jugaba con él. Ahora, ya mayor, la vigila como un padre que cuidara de su hija. Le grita: -Muy bien, bisabuela. ¡Hacía mucho que no preparabas una corona tan bonita! Shushu, acuclillada entre la hierba con un ramo de flores en las manos, contesta:
-No es verdad. ¡Ayer le hice una guirnalda! -Luego le dice a Kaim-: ¿Verdad, hermano? Te la pusiste para mí, ¿a que sí? Kaim pone las manos en cuenco alrededor de su boca y le grita:
-¡Claro que sí!¡Olían a gloria!
El rostro de Shushu se retuerce de pura dicha. Hosee se conmueve y agacha la cabeza. Kaim le pregunta: -¿Eres el único que cuida de ella? -Ajá. Junto con mi esposa Cintia. -¿Y tus padres?
¿O tus abuelos? ¿Ya no viven? Hosee se encoge de hombros y responde: A sus abuelos se los llevó la epidemia de hace veinte años. Su padre murió en la guerra que sacudió la zona diez años atrás. Su madre, la nieta de Shushu, envejeció más rápido que su madre y falleció hace cinco años.-Así que mi bisabuela ha asistido a todos los funerales: los de sus hijos y los de sus nietos. Cuando nos dimos cuenta, era la persona más vieja del pueblo. Debe de sentirse muy sola...
-Seguro -confirma Kaim. -Tal vez sea un favor de los dioses el perder la cabeza cuando se ha vivido demasiado. Al menos es así como yo lo veo últimamente. Aunque nos dé pena, no está sola en absoluto. Vivir mucho significa acumular montones de recuerdos. Puede que no esté tan mal vivir entre ellos durante nuestros últimos días. Shushu se pone de pie cargada de flores.
-¡Hermano Kaim! ¡Te voy a hacer una corona de flores ahora mismo! Si me sobra alguna, le prepararé otra a este muchacho. Kaim y Hosee se miran perplejos. -¿Por qué sonreís así? -pregunta Shushu-. ¿Ahora sois amigos?
Abre sus ojos cercados de arrugas cuanto dan de sí, les sonríe con toda su ilusión y se desploma sobre la hierba. Hosee hace ademán de salir corriendo a buscar a un médico pero Kaim le sujeta del brazo y le dice: -Será mejor que te quedes con ella.
Por irónico que resulte, Kaim, que en el fondo se imagina cómo se siente una persona al envejecer, ha presenciado por ese mismo motivo incontables muertes a lo largo de los años. La experiencia le dice que esta vez Shushu no se va a recuperar. La anciana está tendida boca arriba, arropada con las flores que había cogido. No ha perdido la sonrisa.
-Espera un momento, hermano Kaim. Ahora mismo termino tu corona de...
Su mente sigue extraviada entre sus recuerdos. ¿Seguirá así hasta el final?
-¡Aguanta, bisabuela! ¡No me sueltes! -Hosee le coge la mano y le infunde ánimos entre sollozos aunque tal vez ella ni siquiera sepa que es su bisnieto.
-¡Soy yo, bisabuelita, yo, Hosee! ¿No te habrás olvidado de mí, verdad? Anoche te bañé. ¿No me reconocías entonces? Hosee le habla con desesperación.
Aun así, Shushu, que no deja de sonreir como una niña, se está yendo de este mundo. -¡Pronto seré padre, bisabuelita! ¿Recuerdas? Te lo dije anoche. Cintia lleva un bebé dentro. ¡Vas a ser una tatarabuela maravillosa! Nuestra familia va a crecer... Otra criatura sangre de tu sangre. Sin perder la sonrisa en ningún momento, Shushu coge una de las flores entre sus dedos temblorosos. Se la ofrece a Hosee y, con un hilo de voz, le pide:
-No me olvides, ¿me oyes?
Hosee no comprende. ¿Cómo iba él a saber que ella tenía por costumbre decir eso de pequeña? Kaim le pone la mano en el hombro y le dice que le responda.
-Entiendo, bisabuelita. No te olvidaré. No pienso olvidarme de ti nunca. ¿Cómo iba a olvidarme de mi bisabuelita? -No me olvides, ¿me oyes? -No me olvidaré de ti, bisabuelita, créeme. Siempre te recordaré. -No me olvides, ¿me oyes?
Sushu cierra los ojos y posa la mano sobre las flores que cubren su pecho, como si buscara algo entre ellas. Parece que quisiera abrir la puerta que lleva a donde viven los recuerdos. La brisa acaricia. Las flores que la cubre bailan al son del viento junto con los recuerdos. Seguramente entre ellos se cuenta el Kaim de hace ochenta años.
Kaim arranca uno de los agitados pétalos y cierra el puño a su alrededor. Shushu ya no volverá a abrir los ojos. Ha emprendido un viaje hacia un mundo sin pasado ni presente. Solo deja atrás a Kaim, que vivirá para siempre, y a Hosee, que será padre dentro de poco. Sin soltarse del cadáver, Hosee levanta la cabeza y mira a Kaim con los ojos bañados en lágrimas.
-Muchas gracias -le dice a Kaim, el viajero-. Gracias a usted, mi bisabuela fue feliz recogiendo flores en sus últimos momentos.
-No, no ha sido gracias a mí -corrige Kaim. Aprieta el pétalo que guarda en el puño y le dice a Hosee: -Estoy seguro de que si hubiera terminado su corona, se la habría regalado a tu bebé. Hosee ladea la cabeza con timidez y murmura: -Acto seguido, sonriendo a pesar del llanto, afirma-: Seguro que sí. -Respecto a la promesa que le has hecho... mantenla y no la olvides. -No, claro que no. -Los que se van siguen vivos siempre que alguien los recuerde. Dicho esto, Kaim empieza a alejarse poco a poco. A sus espaldas oye la voz de Shushu.
No me olvides, hermano Kaim, ¿me oyes?
Es la voz de la niña que conoció hace ochenta años, que suena más nítida, dulce e inocente que nunca para decir adiós al hombre cuyo viaje no acabará jamás.
Fin
trivialidades laborales
Posteado en Mis inicios en la escritura, Portal, Realidades inexistentes en 5:48 a. m. por Rinoa Trivialidades Laborales
Protocolos
Protocolos
La reunión fue en un centro de convenciones, hablaban de nuevas tecnologías y avances en la ingeniería del software no logré ubicar a aquel hombre sin embargo sabía que él estaría ahí. Mi mente esta dubitativa, por un lado se concentraba en la ponencia, pero por otro no acababa de comprender a aquel hombre. ¿Para que me había citado? ¿Por que no aparecía? ¿Era cita personal o simplemente profesional? ¿Me había citado solo a mi?
El tiempo seguía su curso, mis ansias me llevaban de la mano haciendo el que el tiempo transcurriera lento, tan lento que parecía burlarse de mi. Hubo un receso, era la hora de la comida, sentí un nerviosismo recorrer mi cuerpo volteé él estaba ahí justo detrás de mí, sonriendo. Caminó hacia delante, hacía mi... Unas ganas enormes de estrecharlo entre mis brazos me invadían, sin embargo las contuve, ¿que demonios esta pasando? me preguntaba.
- Y bien, ¿Que les han parecido? . Preguntó
Quede callada, aquel hombre desprendía un aroma exquisito, fino, excitante. ¿Les han parecido? eso respondía a mi pregunta anterior, aquel hombre nos había citado, debía ser, algunas caras me eran familiares, quizás las había visto en la ponencia anterior.
- Vamos Alex! Hace hambre, me parece que primero deberíamos comer y después hablaremos de trivialidades laborales - alguien exclamó.
Aquel hombre sonrió. Me sonrió.
Quede callada, aquel hombre desprendía un aroma exquisito, fino, excitante. ¿Les han parecido? eso respondía a mi pregunta anterior, aquel hombre nos había citado, debía ser, algunas caras me eran familiares, quizás las había visto en la ponencia anterior.
- Vamos Alex! Hace hambre, me parece que primero deberíamos comer y después hablaremos de trivialidades laborales - alguien exclamó.
Aquel hombre sonrió. Me sonrió.
- Mmm... es verdad aquí hay un área de comida esta justo al final del pasillo.
- Gracias - exclamó aquella persona y sin decir más el grupo avanzó hacia el comedor.
La multitud se alejaba y aquel hombre se apartaba de ellos, me miraba yo me esforzaba por ocultar lo que él provocaba.
- ¿Te apetecería ir a comer?
Sin duda me hablaba a mi. Asentí. Tenerlo cerca era un dulce placer, no sabía exactamente que era lo que el provocaba en mi, era una misteriosa mezcla de ternura, admiración y deseo.- Gracias - exclamó aquella persona y sin decir más el grupo avanzó hacia el comedor.
La multitud se alejaba y aquel hombre se apartaba de ellos, me miraba yo me esforzaba por ocultar lo que él provocaba.
- ¿Te apetecería ir a comer?
Caminamos.
- Y bien, ¿que te han parecido las ponencias? - preguntó.
- Bastante bien - contesté.
- ¿Las dudas han quedado despejadas? - preguntó.
Mi rostro se cubrió de un fino color rojo, ¿dudas? eso quiere decir que aquel hombre sabe que yo envié un correo.
- ¡Vaya! que no es para tanto, todo mundo tiene dudas, no hay de que avergonzarse.
- Si, no... a decir verdad me ha costado entender un poco, últimamente tengo un asunto que no me ha dejado en paz. - Probablemente hablé demasiado.
- Uff eso suena terrible!!. No deberías dejar que nada te quite el sueño, sonrió.
Llegamos a un pequeño y acogedor restaurante italiano, el olor a comida despertó mi apetito, buscamos una mesa junto a la ventana.
- Y bien, creo que deberíamos iniciar presentándonos ¿no crees?, asi van los protocolos.
- ¡Que va! - exclame. Aquello de los protocolos es terrible, cada quien debería actuar a su parecer sin seguir algoritmos de ningún tipo.
- Vamos! Sólo era un manera de romper el hielo - corrigió sonriendo.
- Lo siento, contesté. Naomi, mi nombre es Naomi - repuse.
- Alex, el mío es Alex.
La partida de Hanna
Posteado en Lost Odyssey, Mil años de sueños en 12:52 p. m. por SquallLos miembros de la familia tienen los ojos llorosos cuando dan la bienvenida de nuevo en la posada a Kaim tras su largo viaje.
-Muchísimas gracias por venir.
Kaim comprende la situación al instante.
La hora del adiós está cerca.
La partida de Hanna
Pronto, demasiado pronto. Pero ya sabía que este día llegaría tarde o temprano, y no en un futuro lejano.
“Puede que no te vuelva a ver más”, le había dicho ella con una triste sonrisa cuando partió de viaje. Estaba acostada en la cama, sonriendo con su rostro de blancura casi transparente, terriblemente frágil, y por ende indescriptiblemente bello.
-¿Puedo ver a Hanna?
El posadero asiente ligeramente con la cabeza.
-Pero no creo que vaya a reconocerte.
Le advierte a Kaim de que no ha abierto los ojos desde anoche. El ligero movimiento de su pecho indica que aún se aferra a un frágil hilo de vida, pero podía romperse en cualquier momento.
-Qué pena… Sé que para ti era muy importante venir a verla…
Otra lágrima resbala por la mejilla de la mujer.
-No te preocupes, no pasa nada –la tranquiliza Kaim.
Ha presenciado innumerables muertes, y su experiencia le ha enseñado mucho. La muerte arrebata el habla en primer lugar, luego la vista. Sin embargo, lo que sí que aguanta hasta el final es el oído. Aunque el enfermo pierda la conciencia, no es extraño que las voces de los familiares provoquen sonrisas o lágrimas.
Kaim rodea con su brazo el hombro de la mujer.
-Tengo muchas historias de viajes para ella.
Llevo esperando esto todo el tiempo que he pasado fuera.
En lugar de sonreír, la mujer deja escapar otra lágrima y asiente.
-Y Hanna esperaba poder oír tus historias –dice con palabras entrecortadas por el llanto.
El posadero interviene. –Ojalá pudiera pedirte que descansaras del viaje antes de verla, pero…
-Por supuesto, la veré ahora mismo –dice Kaim, interrumpiendo la disculpa del hombre.
Queda muy poco tiempo.
Hanna, la única hija del posadero y de su esposa, probablemente no pase del próximo amanecer.
Kaim deja su equipaje en el suelo y abre sin hacer ruido la puerta del cuarto de Hanna.
Hanna fue muy débil desde su nacimiento. Lejos de disfrutar de la oportunidad de viajar, apenas había salido del pueblo, siquiera del vecindario, donde había nacido y crecido. El médico había dicho a sus padres que aquella niña difícilmente llegaría a adulta. Los dioses habían reservado un triste destino para aquella diminuta niña de rasgos de muñeca extraordinariamente bellos.
Tal vez los propios dioses intentaran expiar esta cruel injusticia haciendo que la niña fuera la hija única de los dueños de una pequeña posada de carretera.
Hanna no podía ir a ninguna parte, pero los huéspedes de la posada de sus padres le solían contar historias sobre ciudades, países, paisajes y gentes que ella nunca conocería. Cuando un nuevo huésped llegaba a la posada, Hanna siempre desplegaba su batería de preguntas:
“¿De dónde eres?”, “¿A qué te dedicas?”, “¿Me cuentas una historia?”.
Solía sentarse y escuchar aquellas historias con ojos brillantes y vivos, instaba al viajero a pasar rápido al siguiente episodio con un “¿Y luego? ¿Y luego?”.
Cuando se marchaban, siempre les rogaba:
“¡Por favor, vuelve y cuéntame montones de historias sobre países lejanos!
Solía quedarse despidiendo con la mano al viajero hasta que desaparecía de la vista por la carretera. Luego soltaba un melancólico suspiro y volvía a la cama.
Hanna duerme profundamente.
No hay nadie más en la habitación, lo que tal vez indica que hace tiempo que los médicos la dieron por perdida.
Kaim se sienta en una silla cercana a la cama y la saluda con una sonrisa. –Hola, Hanna. He vuelto.
Ella no responde. Su pequeño pecho, que aún no tiene los rasgos del de una adulta, sube y baja casi imperceptiblemente.
-Esta vez fui mucho más allá del océano –le cuenta Kaim-. El océano del lado desde el que sale el sol. Tomé un barco, en un muelle lejos, lejísimos, mucho más allá de las montañas que ves desde esta ventana, y estuve en alta mar desde el momento en que la luna era un círculo perfecto en el cielo, mientras fue haciéndose cada vez más pequeña y luego cada vez más grande, y hasta que estuvo llena de nuevo. Allá donde alcanzaba la vista no había más que mar. Tan solo agua y cielo. ¿Te lo imaginas, Hanna? Nunca has visto el mar, pero estoy seguro de que la gente te habrá hablado sobre él. Es como un charco enorme e infinito.
Kaim se ríe para sí mismo y parece que las mejillas pálidas de Hanna se mueven ligeramente.
Puede oírlo. Aunque no pueda hablar ni ver, sus oídos aún están vivos.
Kaim, convencido y confiando en que eso sea verdad, continúa el relato de la historia de sus viajes. No dice palabras de despedida.
Como siempre con Hanna, Kaim sonríe con una dulzura que nunca ha tenido con nadie más, y prosigue narrando sus historias con una voz alegre, que a veces incluso acompaña de gestos exagerados.
Le habla del océano azul.
Le habla del cielo azul.
Pero no le dice nada sobre la despiadada batalla naval que tiñó de rojo el océano.
Nunca le habla sobre esas cosas.
Hanna aún era una niña muy pequeña cuando Kaim se hospedó por primera vez en el hostal.
Cuando, con su condición infantil y su sonrisa inocente, ella le asaltó con sus preguntas sobre su origen y le pidió que le contara sus historias, Kaim sintió algo dentro de su pecho.
Aquella vez volvía de una batalla.
Más exactamente, había terminado una batalla e iba camino de otra.
Su vida consistía en vagar de un campo de batalla a otro, y nada de eso había cambiado desde entonces.
Ha segado la vida de innumerables soldados enemigos y presenciado la muerte de infinidad de camaradas en el campo de batalla. En realidad, lo único que separa a los enemigos de los camaradas es una mera cuestión de suerte. Si las ruedas del destino hubieran girado de manera diferente, sus enemigos habrían sido camaradas y sus camaradas, enemigos. Tal es el sino del mercenario.
En aquella época, su ánimo estaba destrozado y se sentía insoportablemente solo. Como ser inmortal, Kaim no temía a la muerte, razón por la cual los rostros de los soldados están deformados por el miedo, y por la que el rostro de cada hombre que murió sufriendo quedó grabado a fuego en su memoria.
Normalmente, solía pasar las noches bebiendo en la carretera. Sumiéndose en el sopor etílico –o fingiendo sumirse en él- intentaba obligarse a olvidar lo inolvidable.
No obstante, cuando vio la sonrisa de Hanna al pedirle que le contara historias sobre su largo viaje, sintió un consuelo más cálido y profundo del que nunca hubiera obtenido del licor.
Le habló de muchas cosas…
De una flor preciosa que descubrió en un campo de batalla.
De la belleza cautivadora de la bruma cuando invade el bosque la noche previa al combate final.
Del incomparable sabor del agua del manantial de un barranco en el que sus hombres y él se habían refugiado tras haber perdido una batalla.
Del vasto e inabarcable cielo azul que vio tras una batalla.
Nunca le contaba nada triste. Omitía todo lo referente a la mezquindad del ser humano y la estupidez que presenciaba sin cesar en el campo de batalla.
Le ocultó su condición de mercenario, las razones que le llevaban a viajar constantemente, y le hablaba solo de cosas bonitas, dulces y agradables.
Ahora comprende que si sólo le contó a Hanna ese tipo de historias bonitas sobre sus viajes no fue tanto por no corromper la inocencia de la niña, sino por el bien de sí mismo.
Quedarse en la posada en la que Hanna esperaba verle de nuevo terminó por convertirse en uno de los pequeños placeres de la vida de Kaim. Narrarle los recuerdos con los que volvía de sus viajes le hacía sentir una ligera redención, por tenue que fuera.
Su amistad con la niña continuó cinco años, diez años. Poco a poco, ella se acercaba a la edad adulta, lo que significaba que, tal como los médicos habían predicho, cada día se acercaba más a la muerte.
Y ahora, Kaim termina la última historia de viajes que compartirá con ella. No podrá volver a verla, no podrá contarle sus historias de nuevo.
Antes del alba, cuando la oscuridad de la noche alcanza su cenit, las pausas en la respiración de Hanna se vuelven más largas.
El frágil hilo de su vida está a punto de ceder mientras Kaim y sus padres la cuidan.
La lucecita que anidó en el pecho de Kaim se apagará. Sus solitarios viajes, esos largos viajes sin fin, comenzarán de nuevo mañana.
-Pronto estarás partiendo hacia tus propios viajes, Hanna –le dice Kaim con dulzura-. Partirás a un mundo que nadie conoce, un mundo que nunca ha aparecido en las historias que has oído hasta ahora. Por fin podrás dejar tu cama y vagar por donde quieras. Serás libre.
Quiere hacerle saber que la muerte no es sufrimiento, sino una mezcla de alegría y lágrimas. –Ahora te toca a ti. Procura contarle a todo el mundo los recuerdos de tu viaje.
Sus padres harán ese mismo viaje algún día. Y algún día Hanna podrá reencontrarse más allá del cielo con todos los huéspedes de que conoció en la posada.
Y yo, sin embargo, nunca viajaré allí.
Nunca podré escapar de este mundo.
Nunca te volveré a ver.
-Esto no es una despedida. Es solo el comienzo de tu viaje.
Le dice una última cosa.
-Nos volveremos a ver.
Hanna parte hacia su viaje.
En su rostro aparece una sonrisa tranquila, como si acabara de decir un “hasta pronto”.
Sus ojos no volverán a abrirse. Una solitaria lágrima resbala lentamente por su mejilla.
Fin
Pronto, demasiado pronto. Pero ya sabía que este día llegaría tarde o temprano, y no en un futuro lejano.
“Puede que no te vuelva a ver más”, le había dicho ella con una triste sonrisa cuando partió de viaje. Estaba acostada en la cama, sonriendo con su rostro de blancura casi transparente, terriblemente frágil, y por ende indescriptiblemente bello.
-¿Puedo ver a Hanna?
El posadero asiente ligeramente con la cabeza.
-Pero no creo que vaya a reconocerte.
Le advierte a Kaim de que no ha abierto los ojos desde anoche. El ligero movimiento de su pecho indica que aún se aferra a un frágil hilo de vida, pero podía romperse en cualquier momento.
-Qué pena… Sé que para ti era muy importante venir a verla…
Otra lágrima resbala por la mejilla de la mujer.
-No te preocupes, no pasa nada –la tranquiliza Kaim.
Ha presenciado innumerables muertes, y su experiencia le ha enseñado mucho. La muerte arrebata el habla en primer lugar, luego la vista. Sin embargo, lo que sí que aguanta hasta el final es el oído. Aunque el enfermo pierda la conciencia, no es extraño que las voces de los familiares provoquen sonrisas o lágrimas.
Kaim rodea con su brazo el hombro de la mujer.
-Tengo muchas historias de viajes para ella.
Llevo esperando esto todo el tiempo que he pasado fuera.
En lugar de sonreír, la mujer deja escapar otra lágrima y asiente.
-Y Hanna esperaba poder oír tus historias –dice con palabras entrecortadas por el llanto.
El posadero interviene. –Ojalá pudiera pedirte que descansaras del viaje antes de verla, pero…
-Por supuesto, la veré ahora mismo –dice Kaim, interrumpiendo la disculpa del hombre.
Queda muy poco tiempo.
Hanna, la única hija del posadero y de su esposa, probablemente no pase del próximo amanecer.
Kaim deja su equipaje en el suelo y abre sin hacer ruido la puerta del cuarto de Hanna.
Hanna fue muy débil desde su nacimiento. Lejos de disfrutar de la oportunidad de viajar, apenas había salido del pueblo, siquiera del vecindario, donde había nacido y crecido. El médico había dicho a sus padres que aquella niña difícilmente llegaría a adulta. Los dioses habían reservado un triste destino para aquella diminuta niña de rasgos de muñeca extraordinariamente bellos.
Tal vez los propios dioses intentaran expiar esta cruel injusticia haciendo que la niña fuera la hija única de los dueños de una pequeña posada de carretera.
Hanna no podía ir a ninguna parte, pero los huéspedes de la posada de sus padres le solían contar historias sobre ciudades, países, paisajes y gentes que ella nunca conocería. Cuando un nuevo huésped llegaba a la posada, Hanna siempre desplegaba su batería de preguntas:
“¿De dónde eres?”, “¿A qué te dedicas?”, “¿Me cuentas una historia?”.
Solía sentarse y escuchar aquellas historias con ojos brillantes y vivos, instaba al viajero a pasar rápido al siguiente episodio con un “¿Y luego? ¿Y luego?”.
Cuando se marchaban, siempre les rogaba:
“¡Por favor, vuelve y cuéntame montones de historias sobre países lejanos!
Solía quedarse despidiendo con la mano al viajero hasta que desaparecía de la vista por la carretera. Luego soltaba un melancólico suspiro y volvía a la cama.
Hanna duerme profundamente.
No hay nadie más en la habitación, lo que tal vez indica que hace tiempo que los médicos la dieron por perdida.
Kaim se sienta en una silla cercana a la cama y la saluda con una sonrisa. –Hola, Hanna. He vuelto.
Ella no responde. Su pequeño pecho, que aún no tiene los rasgos del de una adulta, sube y baja casi imperceptiblemente.
-Esta vez fui mucho más allá del océano –le cuenta Kaim-. El océano del lado desde el que sale el sol. Tomé un barco, en un muelle lejos, lejísimos, mucho más allá de las montañas que ves desde esta ventana, y estuve en alta mar desde el momento en que la luna era un círculo perfecto en el cielo, mientras fue haciéndose cada vez más pequeña y luego cada vez más grande, y hasta que estuvo llena de nuevo. Allá donde alcanzaba la vista no había más que mar. Tan solo agua y cielo. ¿Te lo imaginas, Hanna? Nunca has visto el mar, pero estoy seguro de que la gente te habrá hablado sobre él. Es como un charco enorme e infinito.
Kaim se ríe para sí mismo y parece que las mejillas pálidas de Hanna se mueven ligeramente.
Puede oírlo. Aunque no pueda hablar ni ver, sus oídos aún están vivos.
Kaim, convencido y confiando en que eso sea verdad, continúa el relato de la historia de sus viajes. No dice palabras de despedida.
Como siempre con Hanna, Kaim sonríe con una dulzura que nunca ha tenido con nadie más, y prosigue narrando sus historias con una voz alegre, que a veces incluso acompaña de gestos exagerados.
Le habla del océano azul.
Le habla del cielo azul.
Pero no le dice nada sobre la despiadada batalla naval que tiñó de rojo el océano.
Nunca le habla sobre esas cosas.
Hanna aún era una niña muy pequeña cuando Kaim se hospedó por primera vez en el hostal.
Cuando, con su condición infantil y su sonrisa inocente, ella le asaltó con sus preguntas sobre su origen y le pidió que le contara sus historias, Kaim sintió algo dentro de su pecho.
Aquella vez volvía de una batalla.
Más exactamente, había terminado una batalla e iba camino de otra.
Su vida consistía en vagar de un campo de batalla a otro, y nada de eso había cambiado desde entonces.
Ha segado la vida de innumerables soldados enemigos y presenciado la muerte de infinidad de camaradas en el campo de batalla. En realidad, lo único que separa a los enemigos de los camaradas es una mera cuestión de suerte. Si las ruedas del destino hubieran girado de manera diferente, sus enemigos habrían sido camaradas y sus camaradas, enemigos. Tal es el sino del mercenario.
En aquella época, su ánimo estaba destrozado y se sentía insoportablemente solo. Como ser inmortal, Kaim no temía a la muerte, razón por la cual los rostros de los soldados están deformados por el miedo, y por la que el rostro de cada hombre que murió sufriendo quedó grabado a fuego en su memoria.
Normalmente, solía pasar las noches bebiendo en la carretera. Sumiéndose en el sopor etílico –o fingiendo sumirse en él- intentaba obligarse a olvidar lo inolvidable.
No obstante, cuando vio la sonrisa de Hanna al pedirle que le contara historias sobre su largo viaje, sintió un consuelo más cálido y profundo del que nunca hubiera obtenido del licor.
Le habló de muchas cosas…
De una flor preciosa que descubrió en un campo de batalla.
De la belleza cautivadora de la bruma cuando invade el bosque la noche previa al combate final.
Del incomparable sabor del agua del manantial de un barranco en el que sus hombres y él se habían refugiado tras haber perdido una batalla.
Del vasto e inabarcable cielo azul que vio tras una batalla.
Nunca le contaba nada triste. Omitía todo lo referente a la mezquindad del ser humano y la estupidez que presenciaba sin cesar en el campo de batalla.
Le ocultó su condición de mercenario, las razones que le llevaban a viajar constantemente, y le hablaba solo de cosas bonitas, dulces y agradables.
Ahora comprende que si sólo le contó a Hanna ese tipo de historias bonitas sobre sus viajes no fue tanto por no corromper la inocencia de la niña, sino por el bien de sí mismo.
Quedarse en la posada en la que Hanna esperaba verle de nuevo terminó por convertirse en uno de los pequeños placeres de la vida de Kaim. Narrarle los recuerdos con los que volvía de sus viajes le hacía sentir una ligera redención, por tenue que fuera.
Su amistad con la niña continuó cinco años, diez años. Poco a poco, ella se acercaba a la edad adulta, lo que significaba que, tal como los médicos habían predicho, cada día se acercaba más a la muerte.
Y ahora, Kaim termina la última historia de viajes que compartirá con ella. No podrá volver a verla, no podrá contarle sus historias de nuevo.
Antes del alba, cuando la oscuridad de la noche alcanza su cenit, las pausas en la respiración de Hanna se vuelven más largas.
El frágil hilo de su vida está a punto de ceder mientras Kaim y sus padres la cuidan.
La lucecita que anidó en el pecho de Kaim se apagará. Sus solitarios viajes, esos largos viajes sin fin, comenzarán de nuevo mañana.
-Pronto estarás partiendo hacia tus propios viajes, Hanna –le dice Kaim con dulzura-. Partirás a un mundo que nadie conoce, un mundo que nunca ha aparecido en las historias que has oído hasta ahora. Por fin podrás dejar tu cama y vagar por donde quieras. Serás libre.
Quiere hacerle saber que la muerte no es sufrimiento, sino una mezcla de alegría y lágrimas. –Ahora te toca a ti. Procura contarle a todo el mundo los recuerdos de tu viaje.
Sus padres harán ese mismo viaje algún día. Y algún día Hanna podrá reencontrarse más allá del cielo con todos los huéspedes de que conoció en la posada.
Y yo, sin embargo, nunca viajaré allí.
Nunca podré escapar de este mundo.
Nunca te volveré a ver.
-Esto no es una despedida. Es solo el comienzo de tu viaje.
Le dice una última cosa.
-Nos volveremos a ver.
Es su última mentira.
Hanna parte hacia su viaje.
En su rostro aparece una sonrisa tranquila, como si acabara de decir un “hasta pronto”.
Sus ojos no volverán a abrirse. Una solitaria lágrima resbala lentamente por su mejilla.
Fin
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